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ODIO ZOMBI

[Un borracho de unos setenta años, esquelético y demacrado]

A veces me gustaría que los zombis existiesen.

Y no, no estoy loco… es sólo que echo de menos a mi hija muerta.

Tampoco es que quiera que regrese como una zombi. Eso sería horrible, peor que echarla de menos. De todas formas no murió así como así… la mataron. Es muy distinto.

La verdad es que no solía pensar mucho en ella cuando estaba viva. No podía. Yo ya estaba lleno de odio, de rabia; siempre borracho, despejándome sólo para ganar algo de dinero con que comprar más alcohol. Fui un asqueroso con ella… y con su madre.

Pero el día que la mataron, después de que la policía agarrara a ese hijo de puta y me dijeran cómo había hecho sufrir a mi niña, sólo por placer… en ese momento dejé de beber. Fue fácil. Ya no quería ahogar mi odio. Lo necesitaba para poder enfocarlo en el asesino, con toda su intensidad, con todo su veneno.

Durante el juicio deseé que lo dejaran libre… para poder matarle yo mismo. Pero le mandaron a la cárcel. Muchos años.

¿Y yo? Yo seguí sin beber, conseguí un trabajo, puse mi vida en orden. Hasta empecé a hacer ejercicio para seguir vivo cuando saliera ese hijo de puta. Me tentó la religión… pero, de nuevo, no quería que nada entorpeciera mi odio.

Pasaron treinta años. Viví una vida normal. Tranquila. No sufrí. No sentí placer. Sólo me dediqué a esperar, igual que el asesino, sabiendo que llegaría mi turno.

Y así fue.

El día que le pusieron en libertad, le seguí hasta un callejón y le disparé seis veces. Luego entré en el primer bar que encontré y me emborraché.

He estado borracho desde entonces… porque tan pronto maté a ese cabrón supe que mi odio no desaparecería con él. Y así es, sigue presente, más doloroso que nunca.

Por eso decía que ojalá existiesen los zombis… porque si ese hijo puta fuera uno, yo podría pasar el resto de mi vida matándole una y otra vez.

Pero me temo que el único zombi posible es este odio que llevo dentro.

Debe serlo porque no hay forma de acabar con él.


Copyright Abel González 2016

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DICEN QUE MATÉ A UNA CHICA

[Un hombre de unos sesenta años. Despeinado y con ojeras. Parece un tanto inestable.] 

«Dicen que maté a una chica… pero yo no recuerdo haberlo hecho.

Alguien la estranguló cerca del río y después tiró su cuerpo al agua. Una familia que andaba de picnic la encontró flotando río abajo esa misma tarde.

La policía vino a buscarme a casa a la medianoche; me llevaron a la comisaria, me interrogaron acerca de la muchacha a la que, sí, había visto ese día porque teníamos una cita… nos habíamos conocido en Internet.

Les dije a los detectives que me había marchado del café dos horas después de encontrarme con ella porque me llamaron para hacer un trabajo… yo solía ser fontanero.

La policía me hizo más preguntas; tomaron muchas muestras. Unas horas más tarde dejé de ser libre durante los siguientes veinticuatro años.

Durante el juicio me asombré de la cantidad de evidencia que la policía había encontrado. Mis huellas en el cuello de la chica, mi ADN en la escena del crimen, su piel debajo de mis uñas.

Y, como les dije, yo no recordaba haberla matado. Aún no lo recuerdo.

Le pido que me crean… después de todo, ¿de qué serviría mentir? ¡Ya pagué por el crimen!

El caso es que me estaba volviendo loco durante el juicio. Cuantas más pruebas presentaba la acusación, más obvia era mi culpabilidad, incluso para mí mismo.

Acabé por aceptarlo. La había matado y, de alguna forma, lo había olvidado todo. Ha ocurrido antes. Es un tipo de amnesia selectiva motivada por profundos sentimientos de culpa… al menos así es como me lo explicó el psiquiatra de la cárcel.

Cambié mi declaración a culpable. Según mi abogado (que era un idiota, dicho sea de paso) esa estrategia me salvó de la cadena perpetua.

Tenía treinta y cinco cuando me encerraron. Ahora tengo casi sesenta. Salí ayer.

Lo primero que hice fui visitar el lugar donde encontraron el cuerpo de la chica. Lo hice porque mi mayor miedo, la mayor carga que tuve que soportar en la cárcel, era no saber con total seguridad si yo la había matado. ¿Y si todos estaban mintiendo? ¿Y si era una conspiración?

Tenía que saberlo .

Y tenía la esperanza de que ese lugar me ayudara a reparar mi memoria, que me forzara a recordar. Porque quería creer que yo no era un asesino, que a pesar de toda la evidencia, no podía haber matado a esa chica…

Pero al llegar allá no pasó nada. No pude recordar.

Bueno, sí pasó algo, algo que me sorprendió porque no lo había sentido antes.

Sentí deseos de matar a alguien.

Así que esperé allá hasta que apareció esta mujer haciendo jogging. Fue muy fácil estrangularla. No era muy fuerte. No había nadie cerca. Tiré su cuerpo al río, y luego vine acá… todavía estoy esperando a que llegue la policía.

Tengo una buena excusa esta vez. Después de todos esos años pagando por algo que no hice… tenía que hacerlo. Tenía que saber qué se siente al matar a alguien… y asegurarme de recordarlo esta vez.»


Copyright Abel González 2016

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EL CUERPO Y LA CORPORACIÓN

[Un hombre de cincuenta años vestido de traje.]

«¿Recuerdan ese derrame de desechos industriales hace unos años? ¿El que contaminó nuestra bahía y arruinó a todos los pescadores?

Yo fui uno de los abogados que representó a los pescadores en la demanda contra la corporación responsable. Y, como tal vez ya saben, después de dos largos años de litigación, el jurado se decidió por un veredicto de inocente.

Mis clientes no podían creerlo; Estaban destrozados… les costaba entender cómo el obvio culpable de un crimen podía salir impune de esa forma.

Así que les conté esta historia para ayudarles a entender.

Les pedí que imaginaran que encuentran a un cadáver que ha sido acuchillado varias veces… y al lado del cadáver hay un tipo con un cuchillo ensangrentado en la mano.

El tipo, un claro sospechoso, no se resiste al arresto… de hecho, es muy educado y colabora por completo con la policía.

Como es de esperar, le acusan de asesinato; pero cuando llega el juicio, y para el asombro de todo el mundo, el tipo declara que él no lo hizo, y asegura después que fue su mano derecha la que, actuando por su cuenta, empujó el cuchillo dentro del cuerpo de la víctima…

Así que suben a la mano derecha del tipo al estrado. Y allí, entre sollozos, la mano declara que él sólo estaba sujetando el cuchillo cuando los pies del tipo empezaron a caminar hacia la víctima…

Para confirmarlo, le piden a los pies del tipo que declaren, comenzando con el pie derecho que rápidamente clarifica que fue el pie izquierdo el que dio el primer paso.

El pie izquierdo, acorralado, acusa al corazón del tipo y dice que él le forzó a hacerlo, ya que no se podría haber movido sin su constante suministro de sangre.

Así que también llaman al corazón quien, en un giro inesperado, acusa al cerebro del crimen… “él lo ideó todo” dice.

Y uno pensaría que ese es el desenlace final… ¡el cerebro lo hizo!

Pero no es así porque el cerebro rápidamente se excusa señalando que fueron los ojos del tipo los que seleccionaron a la víctima…

Los ojos, a su vez, acusan a la boca de ser el que llamó a la víctima; la boca hace algo parecido con las orejas, las orejas con la nariz, etc.

Y, al final, el caso está tan embrollado, tan confuso, que es imposible culpar al tipo… o a ninguna de las partes de su cuerpo.

Así que sale en libertad y sin castigo. Igual que en nuestro caso.

Porque, sí, muchos miembros de la corporación se presentaron a nuestro juicio…

Pero entre ellos no había ni una sola conciencia.»


Copyright Abel González 2016

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