SAL DE LA FILA

[Un hombre de treinta años, vestido a la última moda, igual que su corte de pelo. Parece tímido, pero habla con firmeza.]

“En mi país tienes que hacer cola para todo… para comprar pan, gasolina, ver al doctor…

Es parte de la vida diaria… la gente chismea, bromea, coquetea, incluso se emborrachan en la fila.

Pero yo nunca me acostumbré… me sentía como un número, una letra más en una frase muy larga y sin otra función más que esperar, esperar, esperar…

Que conste que no estoy en contra de la paciencia o del civismo… pero tenía la sensación de que todas esas colas no eran necesarias, que estaban ahí para mantenernos ocupados, entretenidos y alejados de cualquier tendencia subversiva.

Nunca me quejé de eso en voz alta, claro está. Se hubieran reído de mí… o algo peor.

Al final, esas filas me hicieron entender que emigrar sería la única forma de vivir con dignidad. Y así acabé en este país… no me pregunten cómo.

Estaba tan contento, me sentía tan libre… por primera vez. Libre de caminar por la calle agarrado de la mano de mi novio…

Y sí, vi que había filas aquí también, pero eran diferentes. Opcionales. Como cuando vas a almorzar a algún restaurante y la cola es muy larga, y entonces decides ir a otro sitio…

Hasta que el otro día mi novio insistió en que fuéramos a  una película de superhéroes, una de esas con tanta promoción que verlas se convierte en un imperativo social.

Fuimos la noche del estreno.

Llegamos al multiplex como dos horas antes. Habíamos planeado comprar los boletos temprano y luego ir a cenar.

Pero la cola para la taquilla daba la vuelta a la cuadra.

Le pedí a mi novio que regresáramos otro día; él insistió…

Yo no le peleé.

Mientras esperábamos al final de una muralla de gente me asaltó una tristeza familiar, la tristeza de hacer fila… pero era aún peor, porque acá no estaba esperando para conseguir pan, o ver a un doctor; estaba esperado para ver una simple película.

Comprendí que un sofisticado sistema de control mental, similar al de mi país, nos estaba engatusando…

Éramos libres de ver otra película, (o almorzar en otro restaurante) pero hacíamos esa fila motivados por una necesidad artificial de ser parte de una moda, de experimentar eso de lo que todos hablan… y de que nos vieran haciéndolo. Queríamos pertenecer a algo más grande que nosotros mismos; una película, una competencia deportiva, un concierto… incluso votar. Algo a lo que pudiéramos contribuir sin demasiado esfuerzo.

Sólo con ponerse en la fila y ser un número.

Tal y como hicimos ese viernes, cuando después de esperar una hora contribuimos al estreno con más recaudación de todos los tiempos… hasta ahora.

Si les soy sincero… la película me pareció una mierda.»


Copyright Abel González 2016

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ALREDEDOR DEL CUELLO

[Un mujer de treinta y siete años, de apariencia descuidada y con una expresión seria. Lleva en la mano un collar rústico hecho con cuentas de colores.]

“Hace diez años más o menos visité el Amazonas como parte de una expedición antropológica.

Después de una semana zigzagueando por el río nos cruzamos con una pequeña tribu nómada.

Al principio los confundimos con Tupinambás, pero después de observarles por un rato concluimos que eran una comunidad sin clasificar… así que decidimos quedarnos con ellos y documentar sus costumbres.

Pasaron dos o tres días antes de que empezaran a confiar en nosotros. Hasta que por fin, una noche, nos permitieron acercarnos a su fogata para presenciar un rito de iniciación muy particular.

Al comienzo de la ceremonia el chamán de la tribu repartió collares como éste entre un grupo de adolescentes.

Cada collar tenía varias cuentas blancas, una por cada año de vida de ese muchacho.

Luego el chamán les dio bolsas con cien cuentas de colores dentro. Y les ordenó que fueran sacando cuentas al azar para después ensartarlas en su collar en ese mismo orden.

Por lo que llegué a entender, las cuentas rojas representan años de prosperidad; las azules, años adversos; las verdes, matrimonios y descendencia; las amarillas, enfermedades.

De las cien, sólo una era negra… la que simbolizaba la muerte y la que cerraba el collar.

Así, por ejemplo, si un muchacho elegía una cuenta verde para cuando cumpliera veinte años…  podía esperar casarse o tener un hijo a esa edad… o si elegía una negra para sus cuarenta, es entonces cuando moriría.

Más tarde el chamán nos contó que los collares no eran un método de adivinación, o una forma de predestinar a los jóvenes. Era sólo una guía, un mapa inexacto para hacerles reflexionar sobre eventos que serían transcendentales en sus vidas.

Pero sólo unos pocos miembros de la tribu entendían sus collares como un símbolo. La mayoría creían en ellos de forma tan ciega que acababan casándose, o teniendo hijos, o incluso muriendo en el mismo año que sus collares habían vaticinado.

Parece absurdo, ¿no?

O eso pensaba.

Antes de acabar la ceremonia, el chamán me invitó a hacer este collar.

Elegí la cuenta negra para cuando cumpliera treinta y dos.

Tengo treinta y siete ahora… y a veces siento que estoy viviendo de prestado.”


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UNA FICCIÓN REAL

[Un hombre de treinta y tantos. De apariencia progresista, viste con ropa moderna y lleva el pelo desordenado. Es obvio que se considera un intelectual.]

«Mi abuelo era guionista del viejo Hollywood allá por los años cuarenta… pero sólo aparece en los créditos de un par de películas de serie B… si les soy sincero, solía pensar que su carrera había sido mediocre, que se había retirado pronto.

Más tarde me enteré de que también había sido miembro del partido comunista, y que por eso le habían incluido en la lista negra de Hollywood…

Como no podía trabajar como guionista, aceptaba cualquier trabajo para llegar a fin de mes: asistente de producción, iluminador, técnico… incluso de extra.

Una vez, según mi padre, consiguió empleo en una superproducción de Hollywood, un drama romántico ambientado en la Revolución Rusa; propaganda anti comunista de la época…

Mi abuelo, que no sabía de qué iba la escena, se puso su vestuario de proletario y se presentó en un set que recreaba una calle moscovita junto a otro centenar de extras. Allá, un asistente del director les informó que tendrían que desfilar por el set cantando La Internacional, el himno de los trabajadores.

Como saben, esa canción estaba prohibida en los Estados Unidos, así que en vez de enseñarles la letra, el asistente canturreó la melodía un par de veces para que los extras pudieran memorizarla.

Así es. Tan pronto el director gritó “acción”, todos los extras empezaron a tararear La Internacional con más o menos fortuna. Todos menos mi abuelo. Él empezó a cantarla a pleno pulmón, saboreando cada palabra…

Le imagino con una gran sonrisa llena de ironía. Le estaban pagando por pretender hacer  lo que le habían prohibido hacer, y ser, en la vida real.

Esa fue probablemente una de sus mayores victorias…

Estoy seguro de que él hubiera contado su historia mejor que yo.»


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