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UN GLORIOSO FRACASO

[Un treinteañero de aspecto distinguido. Muy elocuente y apasionado; gesticula con las manos al hablar.]

Julián Pedrales era un arquitecto español del siglo dieciocho. Como hijo de un campesino, estaba destinado a seguir los pasos de su padre… de no ser porque su talento como dibujante hizo que varios funcionarios locales pagaran por su educación.

Tras terminar sus estudios en la Academia, se convirtió en aprendiz, y luego en el asistente de un famoso arquitecto… cuyo trabajo Julián terminaba sin recibir crédito.

A juzgar por sus escasos logros, se podría pensar que no era muy ambicioso. Pero no es cierto.

Lo era… hasta el extremo.

Estaba obsesionado con construir una enorme catedral, con la nave más grande y el campanario más alto de Europa.

Durante más de treinta años, gastó su propio dinero en viajar por diferentes cortes en busca del apoyo de nobles y clérigos.

Por desgracia, la enormidad de su proyecto -tan caro, tan complicado técnicamente- hizo que todos, excepto Julián, lo consideraran imposible.

Hacia el final de su vida se retiró a un pequeño terreno cerca de su ciudad natal. Construyó su casa allá, nada demasiado espectacular.

También erigió una pequeña capilla en una colina cercana. Apenas le tomó tres meses terminarla.

Hace años visité esa capilla. Ya estaba oscureciendo cuando llegué. La fachada era sencilla, pero muy hermosa. Para mi sorpresa, había algunas velas encendidas en el interior. La luz se reflejaba en las paredes de piedra, dándole un aspecto de vientre brillante, cálido y acogedor.

Entré, me senté en un banco. El lugar era pequeño; Las paredes estaban desnudas.

Me sentí más cerca de Dios. Y  no soy religioso…

Allá me di cuenta de que, a veces, la gente triunfa a pesar de sus propias ambiciones.


Copyright Abel González 2017

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ALREDEDOR DEL CUELLO

[Un mujer de treinta y siete años, de apariencia descuidada y con una expresión seria. Lleva en la mano un collar rústico hecho con cuentas de colores.]

“Hace diez años más o menos visité el Amazonas como parte de una expedición antropológica.

Después de una semana zigzagueando por el río nos cruzamos con una pequeña tribu nómada.

Al principio los confundimos con Tupinambás, pero después de observarles por un rato concluimos que eran una comunidad sin clasificar… así que decidimos quedarnos con ellos y documentar sus costumbres.

Pasaron dos o tres días antes de que empezaran a confiar en nosotros. Hasta que por fin, una noche, nos permitieron acercarnos a su fogata para presenciar un rito de iniciación muy particular.

Al comienzo de la ceremonia el chamán de la tribu repartió collares como éste entre un grupo de adolescentes.

Cada collar tenía varias cuentas blancas, una por cada año de vida de ese muchacho.

Luego el chamán les dio bolsas con cien cuentas de colores dentro. Y les ordenó que fueran sacando cuentas al azar para después ensartarlas en su collar en ese mismo orden.

Por lo que llegué a entender, las cuentas rojas representan años de prosperidad; las azules, años adversos; las verdes, matrimonios y descendencia; las amarillas, enfermedades.

De las cien, sólo una era negra… la que simbolizaba la muerte y la que cerraba el collar.

Así, por ejemplo, si un muchacho elegía una cuenta verde para cuando cumpliera veinte años…  podía esperar casarse o tener un hijo a esa edad… o si elegía una negra para sus cuarenta, es entonces cuando moriría.

Más tarde el chamán nos contó que los collares no eran un método de adivinación, o una forma de predestinar a los jóvenes. Era sólo una guía, un mapa inexacto para hacerles reflexionar sobre eventos que serían transcendentales en sus vidas.

Pero sólo unos pocos miembros de la tribu entendían sus collares como un símbolo. La mayoría creían en ellos de forma tan ciega que acababan casándose, o teniendo hijos, o incluso muriendo en el mismo año que sus collares habían vaticinado.

Parece absurdo, ¿no?

O eso pensaba.

Antes de acabar la ceremonia, el chamán me invitó a hacer este collar.

Elegí la cuenta negra para cuando cumpliera treinta y dos.

Tengo treinta y siete ahora… y a veces siento que estoy viviendo de prestado.”


Copyright Abel González 2016

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