Archivo de la categoría: inmigración

UNA TRADUCCIÓN INEXACTA

[Una mujer rubia y de ojos azules. Habla español sin acento. Lleva una bata de enfermera con una placa con el nombre «Julia Henderson».]

“La gente piensa que ser enfermera tiene un fin muy claro… Ayudar a quien lo necesite.

Pero a veces no es tan fácil.

Como me pasó con este paciente, un anciano inglés, viudo, que vivía en España desde hacía muchos años. Era muy distinguido a pesar de tener demencia en fase terminal… no podíamos hacer mucho por él en el hospital, sólo ayudarle a que estuviera cómodo.

Un día empeoró… se puso muy violento; la única solución fue mantenerlo sedado.

A partir de ese momento olvidó todo su español y sólo se expresaba en inglés. Y eso era un problema porque ninguno de sus hijos lo hablaba.

Por eso, uno de ellos, al ver mi apellido vino a pedirme que tradujera… El problema es que yo apenas lo hablo y medio lo entiendo.

Pero parecían tan desesperados que no pude negarme.

Así que escuché al anciano, y llegué a  entender una palabra aquí y allá, como “water” o “cold”  pero, la verdad… me inventé el resto.

Cuando llegó su hora final, redujimos la dosis de sus drogas un poco para que pudiera despedirse de sus hijos… y lo hizo.

De nuevo, mi inglés no es tan bueno, pero estoy casi segura de que el anciano dijo que estaba muy enfadado con ellos por lo abandonado que se había sentido en sus últimos años, ignorado, despreciado…

Tuvo palabras especialmente duras para su hijo mayor, al que llamó la mayor decepción de su vida.

Y era difícil saber si lo estaba diciendo en serio, o si era el efecto de la demencia y las drogas.

En cierto momento durante su discurso, murió.

Enseguida los hijos me preguntaron por el significado de sus últimas palabras.

Les dije: “quería que supieran lo mucho que les amaba.”

Todos se mostraron muy agradecidos… en especial el hijo mayor.

Y a eso me refería antes…

No estoy segura a quién ayudé aquel día.”


Copyright Abel González 2016

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VI LA LUZ

[Un hombre de aspecto sencillo, de unos cuarenta años y con acento sureño. Viste un mono azul y lleva una barba de dos días.]

«Nunca fuimos del tipo de gente que va a misa… pero después de que el pastor Sank llegara al pueblo, todos empezaron a decir lo fascinante e inspirador que era…

Así que comenzamos a ir a su iglesia los domingos; toda la familia.

La primera vez que escuché al pastor Sank pensé que era demasiado… agresivo, ya sabes, gritando desde el púlpito, con la cara roja y diciendo que el mundo se iba al infierno y que nuestra sociedad estaba podrida, que todos esos inmigrantes estaban cambiando nuestro estilo de vida…

Puede que sonara enfadado, pero lo que decía tenía sentido para nosotros… probablemente porque también lo habíamos escuchado en las noticias… y nos daba miedo.

Entonces, un domingo, el pastor anunció que había tenido una visión… el Señor le había comunicado que el mundo se acabaría en dos meses, el cuatro de octubre.

No le creímos al principio… han timado a mucha gente con ese tipo de historias… Pero el pastor no estaba pidiendo dinero o nada de eso… lo que quería es que le siguiéramos por todo el país, hablando a la gente sobre su profecía, advirtiéndoles, haciendo que se arrepintiesen…

Todo el mundo en la parroquia se unió… y nosotros también.

Dejé mi trabajo, lo malvendimos todo… usé parte del dinero para arreglar nuestra caravana… y un buen día nos unimos a nuestros vecinos para emprender la… Última Cruzada, así la llamó el pastor.

Manejamos hacia el norte por la costa, parando en cada pueblo, hablándole a la gente sobre el fin del mundo, intentando salvarles de infierno….

Muchos nos miraba como si estuviéramos locos… otros con pena. Pero también es cierto que si alguna vez necesitábamos algo, direcciones o un baño para los niños, siempre podíamos contar con la ayuda de algún extraño. Sí, conocimos a mucha gente así, algunos eran muy diferentes a nosotros… incluso inmigrantes…

Y por fin llegó el cuatro de octubre… y se pasó sin que ocurriera nada.

El pastor dijo que había sido un error de cálculo, que el apocalipsis ocurriría en dos semanas…

Pero ya estábamos cansados…

Nos fuimos a casa… en la quiebra y sin trabajo.

Tardamos mucho tiempo en recuperarnos de ese bache.

Pero no me arrepiento de nada… Gracias al Pastor Sank tuvimos la oportunidad de ver más allá de nuestro pequeño pueblo, de conocer a otra gente, entender cómo piensan…

Se podría decir que dejamos de estar asustados del mundo tras ese viaje.

También dejamos de ir a misa.»


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LEY FRONTERIZA

[Un hombre de unos treinta años, fornido, de apariencia tan militar como su corte de pelo. Habla con orgullo y seguridad, pero sus ojos reflejan duda.]

«Solía tomarme la ley al pie de la letra. Y seguir las reglas a rajatabla. Las veía como instrucciones para vivir, una forma de separar el bien del mal…

Mi padre pensaba igual. Era un agente de inmigración, y estaba orgulloso de ello… tanto como yo de él… por eso me alisté.

Aunque no quiero ponerme pesado, quiero explicarles que nosotros también sentimos compasión por los ilegales que detenemos en la frontera… sobre todo si son madres con bebés, niños pequeños cruzando solos…. Y sí, sabemos que la mayoría sólo quieren ganarse la vida, sustentar a sus familias…

Pero existe una ley. Y alguien tiene que asegurarse de que se cumpla.

Aún así, admito que hay algunos…. “casos especiales”.

Como este tipo que agarramos hace un años…  Sergio, se llamaba.

Los de la central le habían retenido por tiempo indefinido. Ya saben… había cruzado la frontera demasiadas veces, y sospechaban que podía estar metido en algo más grande… terrorismo o qué sé yo.

El juraba y perjuraba que sólo era un cocinero.

Era difícil que Sergio no te cayera bien; siempre bromeando, haciendo reír a sus compañeros de celda… hasta a los guardias.

El caso es que, una semana más tarde, le dijeron que se podía marchar. No tenían nada de qué acusarle.

La noche antes de su deportación, se ofreció a cocinarnos algo. Según él, quería agradecernos que le hubiéramos tratado tan bien…

Le dejamos usar nuestra cocina… sin que se enteraran nuestros superiores, claro.

Hizo costillas a la brasa. Todos aportamos para comprar la carne.

Les juro que jamás había probado costillas como esas. Jugosas, con un sabor ahumado y dulce … igual que las que preparaba mi padre. Y, que conste, mi viejo estaba tan orgulloso de sus costillas a la brasa como de su placa de agente.

Todos probaron la carne, hasta los otros detenidos. Se convirtió en una fiesta improvisada. La pasamos muy bien…

A la mañana siguiente montaron a Sergio en un bus y le cruzaron al otro lado…

Yo me quedé pensando…. ¿por qué hacer lo que está bien me hace sentir tan mal?

Pero no se engañen. Todavía soy agente de inmigración. Todavía creo en la ley.

Aunque algo dentro de mí cambió ese día.

Lo sé porque la semana pasada me detuve por azar en un restaurante y pedí costillas a la brasa.

Enseguida reconocí el sabor.

Así que las terminé, pagué y me marché antes de que pudiera ver al cocinero.»


Copyright Abel Gonzalez 2016

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