LEY FRONTERIZA

[Un hombre de unos treinta años, fornido, de apariencia tan militar como su corte de pelo. Habla con orgullo y seguridad, pero sus ojos reflejan duda.]

«Solía tomarme la ley al pie de la letra. Y seguir las reglas a rajatabla. Las veía como instrucciones para vivir, una forma de separar el bien del mal…

Mi padre pensaba igual. Era un agente de inmigración, y estaba orgulloso de ello… tanto como yo de él… por eso me alisté.

Aunque no quiero ponerme pesado, quiero explicarles que nosotros también sentimos compasión por los ilegales que detenemos en la frontera… sobre todo si son madres con bebés, niños pequeños cruzando solos…. Y sí, sabemos que la mayoría sólo quieren ganarse la vida, sustentar a sus familias…

Pero existe una ley. Y alguien tiene que asegurarse de que se cumpla.

Aún así, admito que hay algunos…. “casos especiales”.

Como este tipo que agarramos hace un años…  Sergio, se llamaba.

Los de la central le habían retenido por tiempo indefinido. Ya saben… había cruzado la frontera demasiadas veces, y sospechaban que podía estar metido en algo más grande… terrorismo o qué sé yo.

El juraba y perjuraba que sólo era un cocinero.

Era difícil que Sergio no te cayera bien; siempre bromeando, haciendo reír a sus compañeros de celda… hasta a los guardias.

El caso es que, una semana más tarde, le dijeron que se podía marchar. No tenían nada de qué acusarle.

La noche antes de su deportación, se ofreció a cocinarnos algo. Según él, quería agradecernos que le hubiéramos tratado tan bien…

Le dejamos usar nuestra cocina… sin que se enteraran nuestros superiores, claro.

Hizo costillas a la brasa. Todos aportamos para comprar la carne.

Les juro que jamás había probado costillas como esas. Jugosas, con un sabor ahumado y dulce … igual que las que preparaba mi padre. Y, que conste, mi viejo estaba tan orgulloso de sus costillas a la brasa como de su placa de agente.

Todos probaron la carne, hasta los otros detenidos. Se convirtió en una fiesta improvisada. La pasamos muy bien…

A la mañana siguiente montaron a Sergio en un bus y le cruzaron al otro lado…

Yo me quedé pensando…. ¿por qué hacer lo que está bien me hace sentir tan mal?

Pero no se engañen. Todavía soy agente de inmigración. Todavía creo en la ley.

Aunque algo dentro de mí cambió ese día.

Lo sé porque la semana pasada me detuve por azar en un restaurante y pedí costillas a la brasa.

Enseguida reconocí el sabor.

Así que las terminé, pagué y me marché antes de que pudiera ver al cocinero.»


Copyright Abel Gonzalez 2016

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