Todas las entradas de: Abel Gonzalez

LA BARRICADA

VERSIÓN EXTENDIDA

[Un hombre de cuarenta y pico. Lleva una camisa desabrochada, sin corbata. Parece tenso, incluso atormentado. Tiene ojeras.]

«Mi esposa y yo llevábamos años intentando tener hijos.

Cuando las demás opciones fallaron, decidimos adoptar.

Después de esperar varios meses nos asignaron una pareja joven que no podía hacerse cargo de su bebé… un varón, a punto de nacer.

La agencia de adopción dijo que nos lo podíamos llevar a casa después del parto, que los padres lo preferían así.

Así que el bebé nació un domingo por la noche… y nos lo llevamos a casa el lunes al amanecer.

Estábamos tan contentos… sobre todo mi esposa.

Yo también estaba feliz, claro que sí… pero todavía me estaba haciendo a la idea… ya sabes, al hecho de que me había convertido en padre de un momento a otro, y que debía tener una conexión con ese bebé…

Aún no sentía nada, pero estaba seguro de que llegaría el momento…

Luego, unas semanas más tarde, encontramos al bebé inconsciente en su cuna; estaba muy débil, pálido… le llevamos corriendo al hospital; y allí esperamos mientras le examinaban… fueron las horas más largas de mi vida, te lo juro.

En pocas palabras… tenía leucemia.

Le dieron un cincuenta por ciento de posibilidades de supervivencia… y, por supuesto, juramos luchar a su lado, hacer todo lo posible por mantenerle con vida…

Pero, por dentro, me atormentaba un dilema…

¿Debía esforzarme por amar a ese bebé aunque era posible que muriera en cualquier momento? ¿O era mejor guardar las distancias, protegerme de lo que pudiera pasar?

Lo cierto es que no era un dilema… no podía hacerlo; no podía amar a ese bebé enfermo… no sabía cómo.

Mi mujer, por el contrario, no puso ninguna barrera; amaba a ese bebé con todas sus fuerzas… y eso hizo aún más difícil mi mentira, esconder que no sentía nada por él.

Pero nadie lo notó…. Pasaba cada noche a su lado en el hospital, insistí en pedir otra hipoteca para pagar su tratamiento… lloré cuando él sentía dolor… aunque creo que en realidad llorara causa de mi propio dolor…

Al final el bebé, mi hijo, se salvó… la enfermedad desapareció de forma milagrosa y empezó a crecer como un niño normal.

Ya tiene cuatro años. Se llama Eric, como yo.

Todavía no puedo amarle.»


Copyright Abel González 2016

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VI LA LUZ

[Un hombre de aspecto sencillo, de unos cuarenta años y con acento sureño. Viste un mono azul y lleva una barba de dos días.]

«Nunca fuimos del tipo de gente que va a misa… pero después de que el pastor Sank llegara al pueblo, todos empezaron a decir lo fascinante e inspirador que era…

Así que comenzamos a ir a su iglesia los domingos; toda la familia.

La primera vez que escuché al pastor Sank pensé que era demasiado… agresivo, ya sabes, gritando desde el púlpito, con la cara roja y diciendo que el mundo se iba al infierno y que nuestra sociedad estaba podrida, que todos esos inmigrantes estaban cambiando nuestro estilo de vida…

Puede que sonara enfadado, pero lo que decía tenía sentido para nosotros… probablemente porque también lo habíamos escuchado en las noticias… y nos daba miedo.

Entonces, un domingo, el pastor anunció que había tenido una visión… el Señor le había comunicado que el mundo se acabaría en dos meses, el cuatro de octubre.

No le creímos al principio… han timado a mucha gente con ese tipo de historias… Pero el pastor no estaba pidiendo dinero o nada de eso… lo que quería es que le siguiéramos por todo el país, hablando a la gente sobre su profecía, advirtiéndoles, haciendo que se arrepintiesen…

Todo el mundo en la parroquia se unió… y nosotros también.

Dejé mi trabajo, lo malvendimos todo… usé parte del dinero para arreglar nuestra caravana… y un buen día nos unimos a nuestros vecinos para emprender la… Última Cruzada, así la llamó el pastor.

Manejamos hacia el norte por la costa, parando en cada pueblo, hablándole a la gente sobre el fin del mundo, intentando salvarles de infierno….

Muchos nos miraba como si estuviéramos locos… otros con pena. Pero también es cierto que si alguna vez necesitábamos algo, direcciones o un baño para los niños, siempre podíamos contar con la ayuda de algún extraño. Sí, conocimos a mucha gente así, algunos eran muy diferentes a nosotros… incluso inmigrantes…

Y por fin llegó el cuatro de octubre… y se pasó sin que ocurriera nada.

El pastor dijo que había sido un error de cálculo, que el apocalipsis ocurriría en dos semanas…

Pero ya estábamos cansados…

Nos fuimos a casa… en la quiebra y sin trabajo.

Tardamos mucho tiempo en recuperarnos de ese bache.

Pero no me arrepiento de nada… Gracias al Pastor Sank tuvimos la oportunidad de ver más allá de nuestro pequeño pueblo, de conocer a otra gente, entender cómo piensan…

Se podría decir que dejamos de estar asustados del mundo tras ese viaje.

También dejamos de ir a misa.»


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SAL DE LA FILA

[Un hombre de treinta años, vestido a la última moda, igual que su corte de pelo. Parece tímido, pero habla con firmeza.]

“En mi país tienes que hacer cola para todo… para comprar pan, gasolina, ver al doctor…

Es parte de la vida diaria… la gente chismea, bromea, coquetea, incluso se emborrachan en la fila.

Pero yo nunca me acostumbré… me sentía como un número, una letra más en una frase muy larga y sin otra función más que esperar, esperar, esperar…

Que conste que no estoy en contra de la paciencia o del civismo… pero tenía la sensación de que todas esas colas no eran necesarias, que estaban ahí para mantenernos ocupados, entretenidos y alejados de cualquier tendencia subversiva.

Nunca me quejé de eso en voz alta, claro está. Se hubieran reído de mí… o algo peor.

Al final, esas filas me hicieron entender que emigrar sería la única forma de vivir con dignidad. Y así acabé en este país… no me pregunten cómo.

Estaba tan contento, me sentía tan libre… por primera vez. Libre de caminar por la calle agarrado de la mano de mi novio…

Y sí, vi que había filas aquí también, pero eran diferentes. Opcionales. Como cuando vas a almorzar a algún restaurante y la cola es muy larga, y entonces decides ir a otro sitio…

Hasta que el otro día mi novio insistió en que fuéramos a  una película de superhéroes, una de esas con tanta promoción que verlas se convierte en un imperativo social.

Fuimos la noche del estreno.

Llegamos al multiplex como dos horas antes. Habíamos planeado comprar los boletos temprano y luego ir a cenar.

Pero la cola para la taquilla daba la vuelta a la cuadra.

Le pedí a mi novio que regresáramos otro día; él insistió…

Yo no le peleé.

Mientras esperábamos al final de una muralla de gente me asaltó una tristeza familiar, la tristeza de hacer fila… pero era aún peor, porque acá no estaba esperando para conseguir pan, o ver a un doctor; estaba esperado para ver una simple película.

Comprendí que un sofisticado sistema de control mental, similar al de mi país, nos estaba engatusando…

Éramos libres de ver otra película, (o almorzar en otro restaurante) pero hacíamos esa fila motivados por una necesidad artificial de ser parte de una moda, de experimentar eso de lo que todos hablan… y de que nos vieran haciéndolo. Queríamos pertenecer a algo más grande que nosotros mismos; una película, una competencia deportiva, un concierto… incluso votar. Algo a lo que pudiéramos contribuir sin demasiado esfuerzo.

Sólo con ponerse en la fila y ser un número.

Tal y como hicimos ese viernes, cuando después de esperar una hora contribuimos al estreno con más recaudación de todos los tiempos… hasta ahora.

Si les soy sincero… la película me pareció una mierda.»


Copyright Abel González 2016

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