LA BARRICADA

VERSIÓN EXTENDIDA

[Un hombre de cuarenta y pico. Lleva una camisa desabrochada, sin corbata. Parece tenso, incluso atormentado. Tiene ojeras.]

«Mi esposa y yo llevábamos años intentando tener hijos.

Cuando las demás opciones fallaron, decidimos adoptar.

Después de esperar varios meses nos asignaron una pareja joven que no podía hacerse cargo de su bebé… un varón, a punto de nacer.

La agencia de adopción dijo que nos lo podíamos llevar a casa después del parto, que los padres lo preferían así.

Así que el bebé nació un domingo por la noche… y nos lo llevamos a casa el lunes al amanecer.

Estábamos tan contentos… sobre todo mi esposa.

Yo también estaba feliz, claro que sí… pero todavía me estaba haciendo a la idea… ya sabes, al hecho de que me había convertido en padre de un momento a otro, y que debía tener una conexión con ese bebé…

Aún no sentía nada, pero estaba seguro de que llegaría el momento…

Luego, unas semanas más tarde, encontramos al bebé inconsciente en su cuna; estaba muy débil, pálido… le llevamos corriendo al hospital; y allí esperamos mientras le examinaban… fueron las horas más largas de mi vida, te lo juro.

En pocas palabras… tenía leucemia.

Le dieron un cincuenta por ciento de posibilidades de supervivencia… y, por supuesto, juramos luchar a su lado, hacer todo lo posible por mantenerle con vida…

Pero, por dentro, me atormentaba un dilema…

¿Debía esforzarme por amar a ese bebé aunque era posible que muriera en cualquier momento? ¿O era mejor guardar las distancias, protegerme de lo que pudiera pasar?

Lo cierto es que no era un dilema… no podía hacerlo; no podía amar a ese bebé enfermo… no sabía cómo.

Mi mujer, por el contrario, no puso ninguna barrera; amaba a ese bebé con todas sus fuerzas… y eso hizo aún más difícil mi mentira, esconder que no sentía nada por él.

Pero nadie lo notó…. Pasaba cada noche a su lado en el hospital, insistí en pedir otra hipoteca para pagar su tratamiento… lloré cuando él sentía dolor… aunque creo que en realidad llorara causa de mi propio dolor…

Al final el bebé, mi hijo, se salvó… la enfermedad desapareció de forma milagrosa y empezó a crecer como un niño normal.

Ya tiene cuatro años. Se llama Eric, como yo.

Todavía no puedo amarle.»


Copyright Abel González 2016

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