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FUTURO IMPERFECTO

[Un hombre apuesto y vestido con un polo rojo. Tiene cincuenta años, pero parece de cuarenta. De aspecto pragmático, sus emociones no parecen reales.]

«Es un poco bobo si lo piensas…

Yo tenía dieciocho años… un amigo me pidió que le acompañara a una cita con dos muchachas…

La otra chica (que no era nada atractiva, dicho sea de paso) me contó que era psíquica e insistió en leerme la mano… como en broma.

Yo no creía en esas cosas, pero tampoco estaba en contra… o por lo menos no lo estaba en aquel entonces.

El caso es que la chica empezó a mirar mi mano y a dar predicciones sobre mi vida, mi salud, mi carrera; lo obvio…

En cierto momento se quedó callada…

Le pregunté qué estaba pasando, pero ella no quiso decirme.

Y, claro está, yo insistí…

Entonces ella señaló a esta línea y me dijo que  pronto iba a encontrar el amor de mi vida… pero que ella moriría poco después.

De nuevo, no soy supersticioso, pero esa predicción me obsesionó por mucho tiempo.

Para empezar, hizo que me diera miedo enamorarme… o aún más miedo debería decir.

Y, por otro lado, todas las chicas a las que tomaba en serio… me desilusionaba de ellas al poco… al ver que no se morían.

Con el tiempo lo superé y, unos años más tarde, conocí a esta muchacha.

Nos casamos.

Yo era feliz; o al menos eso creía.

A veces recordaba la predicción y me reía de la idea… y de mí por creerla a medias.

Luego, pasó…

Mi hijo mayor acababa de cumplir ocho años… le invitaron a una fiesta de cumpleaños. Mi esposa no podía llevarle, así que lo hice yo…

Ahí fue donde la vi por primera vez.

Sobra decir que me pareció muy atractiva. Pero, ya saben, estando casado…

Les juro que no recuerdo cómo empezamos a hablar pero, antes de dejar la fiesta ya sabía que estaba enamorada de ella, más de lo que jamás lo había estado de nadie, incluida mi mujer…

Ella me dio su número. La llamé un día y nos encontramos… en secreto… ella también estaba casada.

Hablamos de la posibilidad de una relación; ella dijo que se lo pensaría…

Nos besamos, pero no lo hicimos.

Ella murió al día siguiente… accidente de coche.

¿Fui yo quien la mató al amarla?

¿O decidí que la amaba sólo porque murió?

Mi mayor miedo es que todo fue una mera casualidad.»


Copyright Abel González 2016

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LEY FRONTERIZA

[Un hombre de unos treinta años, fornido, de apariencia tan militar como su corte de pelo. Habla con orgullo y seguridad, pero sus ojos reflejan duda.]

«Solía tomarme la ley al pie de la letra. Y seguir las reglas a rajatabla. Las veía como instrucciones para vivir, una forma de separar el bien del mal…

Mi padre pensaba igual. Era un agente de inmigración, y estaba orgulloso de ello… tanto como yo de él… por eso me alisté.

Aunque no quiero ponerme pesado, quiero explicarles que nosotros también sentimos compasión por los ilegales que detenemos en la frontera… sobre todo si son madres con bebés, niños pequeños cruzando solos…. Y sí, sabemos que la mayoría sólo quieren ganarse la vida, sustentar a sus familias…

Pero existe una ley. Y alguien tiene que asegurarse de que se cumpla.

Aún así, admito que hay algunos…. “casos especiales”.

Como este tipo que agarramos hace un años…  Sergio, se llamaba.

Los de la central le habían retenido por tiempo indefinido. Ya saben… había cruzado la frontera demasiadas veces, y sospechaban que podía estar metido en algo más grande… terrorismo o qué sé yo.

El juraba y perjuraba que sólo era un cocinero.

Era difícil que Sergio no te cayera bien; siempre bromeando, haciendo reír a sus compañeros de celda… hasta a los guardias.

El caso es que, una semana más tarde, le dijeron que se podía marchar. No tenían nada de qué acusarle.

La noche antes de su deportación, se ofreció a cocinarnos algo. Según él, quería agradecernos que le hubiéramos tratado tan bien…

Le dejamos usar nuestra cocina… sin que se enteraran nuestros superiores, claro.

Hizo costillas a la brasa. Todos aportamos para comprar la carne.

Les juro que jamás había probado costillas como esas. Jugosas, con un sabor ahumado y dulce … igual que las que preparaba mi padre. Y, que conste, mi viejo estaba tan orgulloso de sus costillas a la brasa como de su placa de agente.

Todos probaron la carne, hasta los otros detenidos. Se convirtió en una fiesta improvisada. La pasamos muy bien…

A la mañana siguiente montaron a Sergio en un bus y le cruzaron al otro lado…

Yo me quedé pensando…. ¿por qué hacer lo que está bien me hace sentir tan mal?

Pero no se engañen. Todavía soy agente de inmigración. Todavía creo en la ley.

Aunque algo dentro de mí cambió ese día.

Lo sé porque la semana pasada me detuve por azar en un restaurante y pedí costillas a la brasa.

Enseguida reconocí el sabor.

Así que las terminé, pagué y me marché antes de que pudiera ver al cocinero.»


Copyright Abel Gonzalez 2016

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