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HOLA, ADIOS

[Un joven negro, delgado y bajo. Tiene una mirada llena de paz y habla con un tono de voz muy suave.]

“Trabajo en la cafetería del aeropuerto desde hace diez años, pero yo quería ir a la universidad, licenciarme, ser maestro. Y lo hubiera conseguido de no ser porque mi padre, que era tan religioso como estricto, me echó de casa el día que le dije que era gay.

Tenía apenas dieciocho años, fue muy difícil sobrevivir. Pero no le guardo rencor a mi padre… por más que se negara a tener cualquier contacto conmigo durante años.

Bueno, quizá sí le guardo rencor por algo. Por prohibirme visitar a mi abuela en su lecho de muerte. Ni siquiera me dejó atender su misa de difunto.

Ella había sido una parte muy importante de mi infancia, de mi educación sentimental, y me dolió tanto saber que nunca más volvería a verla; creía que había perdido la última oportunidad de decirle adiós, de dejarle saber lo mucho que la quería.

Intenté no pensar mucho en eso; pero estaba obsesionado… tanto que, después de mi trabajo en la cafetería, solía sentarme enfrente de la terminal de salidas  y allá, acurrucado en una esquina, pasaba horas viendo a los pasajeros despedirse de sus familias, de sus parejas, de sus amigos; con abrazos, con besos, entre lágrimas… e imaginaba que esos extraños éramos y yo y mi abuela, despidiéndonos.

Lo hacía como terapia, creyendo que me ayudaría a cicatrizar la herida de no haberle dicho adiós.

Hasta que una noche, justo cuando iba a marcharme del aeropuerto, vi una pareja abrazándose en mitad de la terminal. Había algo especial en cómo se estrechaban, con desesperación, con ansia. No podía dejar de mirarles. Sentía que así es cómo me hubiese gustado despedirme de mi abuela, con esa intensidad, con esa sinceridad.

Me dio tanta tristeza que se me humedecieron los ojos.

Hasta que, de pronto, los dos se agarraron de la mano y caminaron hacia la salida del aeropuerto, ella insistiendo en ayudar al recién llegado con sus maletas.

Fue entonces cuando empecé a llorar… de alegría, porque entendí que decir hola y decir adiós son actos muy similares, reflejos el uno del otro; dos extremos cuya mutua atracción hace que el ciclo de la existencia siga girando.

Y, bueno…

Desde entonces, después del trabajo, me siento  enfrente de la terminal de llegadas un rato cada noche. Allá observo a la gente saludándose y dándose la bienvenida, igual que haremos mi abuela y yo cuando nos reencontremos.”


Copyright Abel González 2016

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