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LA MAQUINA QUE TODOS CONSTRUIMOS

[Un hombre de mediana edad con una bata de taller. Tiene una cara gentil y una actitud dócil. Habla en voz baja, como si tuviera miedo.]

«Apenas había trabajo en el taller, así que cuando llegó el pedido, bueno, fue un alivio.

Según las especificaciones, el cliente quería que fabricáramos una pieza muy sofisticada, y tan compleja que nos llevaría al menos seis meses terminarla. En otras palabras, seis meses de trabajo facturables a muy buen costo.

Las especificaciones no aclaraban qué tipo de máquina se construiría con nuestra pieza, y aunque solía preguntármelo al principio, la verdad, estaba tan ocupado organizando la producción que pronto se me olvidó. Además, este tipo de secretismo es habitual en nuestro negocio. Espionaje industrial, patentes en trámite, todas buenas razones para que el cliente no compartiera su diseño final con nosotros.

El caso es que, a mitad del trabajo, empezamos a retrasarnos y, por miedo a no llegar a la fecha de entrega, me puse a buscar mano de obra extra. Llamé a mis amigos en otros talleres y, para mi sorpresa, descubrí que ellos mismos estaban buscando trabajadores temporales. Al parecer, todos los talleres de la ciudad estaban ocupado fabricando piezas para esta “máquina misteriosa”; así es como la llamaban algunos.

Me tentó preguntarle a mis colegas si no les inquietaba que estuviéramos construyendo piezas para una máquina de la que no sabíamos nada. Pero, ¿para qué cuestionar un trabajo que había traído empleo y ganancias? A nadie le agrada un aguafiestas…

Así que me limité a pagar horas extraordinarias a mis empleados para que la producción continuara como estaba previsto y, unos meses más tarde, terminamos la pieza a tiempo.

La noche que la entregamos hicimos una fiesta para celebrarlo. Lo crean o no, algunos trabajadores lloraron; así de apegados estábamos a la pieza.

Unas semanas más tarde, y sin previo aviso, las autoridades desplegaron en las calles una gigantesca máquina que, en un solo ataque, aniquiló a miles de protestantes.

Nadie lo admitirá, pero lo cierto es que la mayoría sospechábamos qué clase de maquina iban a construir con nuestras piezas.

Aunque para qué negarlo… fabricarlas nos hizo tan felices.»


Copyright Abel González 2016

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