ALREDEDOR DEL CUELLO

[Un mujer de treinta y siete años, de apariencia descuidada y con una expresión seria. Lleva en la mano un collar rústico hecho con cuentas de colores.]

“Hace diez años más o menos visité el Amazonas como parte de una expedición antropológica.

Después de una semana zigzagueando por el río nos cruzamos con una pequeña tribu nómada.

Al principio los confundimos con Tupinambás, pero después de observarles por un rato concluimos que eran una comunidad sin clasificar… así que decidimos quedarnos con ellos y documentar sus costumbres.

Pasaron dos o tres días antes de que empezaran a confiar en nosotros. Hasta que por fin, una noche, nos permitieron acercarnos a su fogata para presenciar un rito de iniciación muy particular.

Al comienzo de la ceremonia el chamán de la tribu repartió collares como éste entre un grupo de adolescentes.

Cada collar tenía varias cuentas blancas, una por cada año de vida de ese muchacho.

Luego el chamán les dio bolsas con cien cuentas de colores dentro. Y les ordenó que fueran sacando cuentas al azar para después ensartarlas en su collar en ese mismo orden.

Por lo que llegué a entender, las cuentas rojas representan años de prosperidad; las azules, años adversos; las verdes, matrimonios y descendencia; las amarillas, enfermedades.

De las cien, sólo una era negra… la que simbolizaba la muerte y la que cerraba el collar.

Así, por ejemplo, si un muchacho elegía una cuenta verde para cuando cumpliera veinte años…  podía esperar casarse o tener un hijo a esa edad… o si elegía una negra para sus cuarenta, es entonces cuando moriría.

Más tarde el chamán nos contó que los collares no eran un método de adivinación, o una forma de predestinar a los jóvenes. Era sólo una guía, un mapa inexacto para hacerles reflexionar sobre eventos que serían transcendentales en sus vidas.

Pero sólo unos pocos miembros de la tribu entendían sus collares como un símbolo. La mayoría creían en ellos de forma tan ciega que acababan casándose, o teniendo hijos, o incluso muriendo en el mismo año que sus collares habían vaticinado.

Parece absurdo, ¿no?

O eso pensaba.

Antes de acabar la ceremonia, el chamán me invitó a hacer este collar.

Elegí la cuenta negra para cuando cumpliera treinta y dos.

Tengo treinta y siete ahora… y a veces siento que estoy viviendo de prestado.”


Copyright Abel González 2016

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UNA FICCIÓN REAL

[Un hombre de treinta y tantos. De apariencia progresista, viste con ropa moderna y lleva el pelo desordenado. Es obvio que se considera un intelectual.]

«Mi abuelo era guionista del viejo Hollywood allá por los años cuarenta… pero sólo aparece en los créditos de un par de películas de serie B… si les soy sincero, solía pensar que su carrera había sido mediocre, que se había retirado pronto.

Más tarde me enteré de que también había sido miembro del partido comunista, y que por eso le habían incluido en la lista negra de Hollywood…

Como no podía trabajar como guionista, aceptaba cualquier trabajo para llegar a fin de mes: asistente de producción, iluminador, técnico… incluso de extra.

Una vez, según mi padre, consiguió empleo en una superproducción de Hollywood, un drama romántico ambientado en la Revolución Rusa; propaganda anti comunista de la época…

Mi abuelo, que no sabía de qué iba la escena, se puso su vestuario de proletario y se presentó en un set que recreaba una calle moscovita junto a otro centenar de extras. Allá, un asistente del director les informó que tendrían que desfilar por el set cantando La Internacional, el himno de los trabajadores.

Como saben, esa canción estaba prohibida en los Estados Unidos, así que en vez de enseñarles la letra, el asistente canturreó la melodía un par de veces para que los extras pudieran memorizarla.

Así es. Tan pronto el director gritó “acción”, todos los extras empezaron a tararear La Internacional con más o menos fortuna. Todos menos mi abuelo. Él empezó a cantarla a pleno pulmón, saboreando cada palabra…

Le imagino con una gran sonrisa llena de ironía. Le estaban pagando por pretender hacer  lo que le habían prohibido hacer, y ser, en la vida real.

Esa fue probablemente una de sus mayores victorias…

Estoy seguro de que él hubiera contado su historia mejor que yo.»


Copyright Abel González 2016

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EN SILENCIO

https://vimeo.com/147504856

VERSIÓN EXTENDIDA:

[Una mujer de treinta y tantos años. Habla con un tono melifluo pero su mirada indica inteligencia. Lleva un teléfono celular en la mano.]

«Mi madre falleció hace poco… y de repente.

Los primeros días después de su muerte la echaba tanto de menos que no podía dejar de mirar fotos de ella… creo que tenía miedo a olvidar su rostro.

Repasé todas las imágenes en la que aparecía. Busqué en álbumes, cajas de zapatos, mi teléfono, mi computadora…

Me interesaban sobre todo los retratos que la capturaban en un pose natural, ajena a la cámara. Solía mirar esas imágenes durante tanto tiempo… intentando encontrar un rastro de su alma, de su verdadero ser… y tal vez por eso, por mi insistencia, las fotos empezaron a perder su significado poco después. Se convirtieron en meras representaciones de mi madre… mentiras en cierto modo.

Luego pasé a escuchar sus mensajes grabados en mi teléfono… docenas de ellos.

Los escuché una y otra vez, con mucho cuidado, intentando encontrar a mi madre en sus saludos, en sus peticiones de que la llamara tan pronto llegara a casa…

Al principio me hacían sentir bien… como un bálsamo…

Hasta que un día sus mensajes empezaron a sonar artificiales… podía predecir lo que iba a decir; empecé a burlarme de sus inflexiones…

Me di cuenta de que, al igual que con las fotos, había agotado su voz grabada…

Estaba devastada, y frustrada. Tanto que empecé a borrar todos sus mensajes, uno a uno…

Hasta que llegué a uno que duraba casi dos minutos…  solía saltármelo porque era una llamada involuntaria, ya saben, de las que haces al sentarte en tu teléfono…

Todo lo que se oye en él es el sonido de una respiración y algunos chirridos, tal vez de la silla en la que estaba sentada mi madre.

Pero ese día escuché el mensaje; de principio a fin esta vez…

Y pude sentir a mi madre en ese silencio, como si estuviera viva, como si yo estuviera espiándola desde detrás de una puerta. Tenía curiosidad por saber más… me pregunté qué estaría haciendo, que estaría pensando…

Empecé a llorar a la mitad de la grabación.

Lloré de felicidad porque al fin la había percibido en ese silencio. Me sentía más que feliz, me sentía en paz… ahí estaba mi madre, viviendo en una interrogación… en una historia nunca escrita.

Borré los otros mensajes y me quedé sólo con ese.

A veces vuelvo a escucharlo… pero no a menudo… tengo miedo de desgastarlo también.»


Copyright Abel González 2016

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